El estilo de Masotta

Sebastián Ferrante

En vías de explicar y actualizar los alcances de la “herencia Masotta”, el seminario clínico que Enrique Acuña dicta en el Centro Cultural Carlos Sánchez Viamonte procura desentramar los complejos vericuetos que atravesó la recepción del psicoanálisis lacaniano en la Argentina, sin olvidar que la historia importa no tanto por los hechos, sino por el agente que los relata. De esta forma, partimos de la siguiente premisa: la instalación de fechas, nombres y lugares es una operación política.

Una de las hipótesis principales que desarrolla Enrique Acuña en estas clases sostiene que en la sucesión de nombres propios operan deseos, que no son enunciados. Un nombre propio se apoya en un “deseo de”, que se sustrae de su acción voluntaria e intención yoica, opera silenciosamente, y como acto político es potente en sus efectos. Se trata, para nosotros, de captar lo que no está dicho en las biografías, pero que a su modo, como estilo, han dejado su marca.
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Habíamos comentado el libro de Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política, con dos objetivos concretos: por un lado, arribar a una definición de vanguardia que tiene que ver con la ruptura con lo instituido; y solidario con esto, situar la entrada de la enseñanza de Lacan en Argentina vía el Instituto Di Tella, es decir, por fuera del ámbito psicoanalítico (la hegemónica APA).

Así llegamos a Oscar Masotta. En un intento de aprehender algo de su estilo, el sábado 4 de junio Verónica Ortiz, como docente invitada, comentó dos libros de Ana Longoni, en los cuales se dan dos posiciones diferentes de la autora: por un lado, Revolución en el arte. Pop art, happenings y arte de los medios en la década del sesenta (2004), que consiste en un estudio preliminar donde presenta y prologa la compilación de los textos de Masotta que versan sobre arte y que, por el hecho de estar agotados, sirvió de excusa para republicarlos y reinstalarlos. El otro libro, diez años posterior, es Vanguardia y revolución. Arte e izquierda en la Argentina de los sesenta-setenta (2014), se trata de la tesis doctoral de la autora.

Partiendo de las “impugnaciones”, las descalificaciones y la política de silenciamiento de su obra, Ortiz nos ubica en la descripción que Longoni hace de Masotta, como una figura crucial en la modernización de la cultura argentina entre los años 50 y 70. De su inquietud por saber e investigar, que lo lleva a armar, rearmar y buscar nuevas teorías para aproximarse a los fenómenos que intentaba explicar, sumado a su propensión a escandalizar (aún “generando cruces y mezclas nada ortodoxas ni previsibles”), en resumen, de su idiosincrasia nos interesa extraer rasgos de estructura:

– Siguiendo esa lógica, se producen sus diferentes pasajes y desplazamientos entre campos teóricos (existencialismo, estructuralismo, psicoanálisis). De esos saltos quedará una crisis “existencial” (diagnosticada en términos sartreanos) que da lugar a la búsqueda por el psicoanálisis.
– Su intento de explicar el pop art juntando, por ejemplo, el surrealismo con el psicoanálisis, la semiología y la semántica. En tal sentido, para Masotta el efecto de “subjetividad descentrada” que produce el pop se asemeja a las consecuencias que para Lacan provoca el surrealismo, forma del arte que más contribuye a dividir al espectador.

– Las cuatro condiciones que, para Masotta, definen a una obra de vanguardia: la inscripción en una secuencia histórica; la ruptura o discontinuidad que niega lo precedente; ser lo suficientemente abierta (Humberto Eco); y poner los géneros en cuestión, es decir, borrar los límites de los géneros artísticos tradicionales (hibridación). De ello, Acuña desprende que la vanguardia puede ser, en tal sentido, destruir no tanto la institución, sino desmontar la significación, siendo el happening, por su carácter de ambientación, una pieza de arte que se ofrece a ello con mayor plasticidad.

El relato de Ortiz sirvió para situar una época donde la política cultural se autorizaba en las importaciones, y los “objetos” traídos de afuera se situaban a la vanguardia: así como vimos que la modernización (internacionalización) del arte implicaba traer obras del exterior, lo mismo sucedía con las teorías, las publicaciones y los autores. En este sentido, ¿Por qué asociar a Oscar Masotta con la vanguardia? ¿Se trató solamente de importar saberes y teorías? Nuestra consideración va más allá: siguiendo a Enrique Acuña, si Masotta fue vanguardia se debió que “supo hacer” con lo importado, en la medida en que captó la enunciación colectiva (horizonte de expectativa para Jauss), condición de posibilidad para toda recepción.

A fin de continuar esclareciendo las marcas que han dejado los nombres propios de la historia del psicoanálisis, Enrique Acuña nos convoca a próxima cita, con “El deseo de Lacan”, de Jacques-Alain Miller como texto de referencia.

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